Huyendo

Fotografía original de Isabel Bracho Cruz

Lo dije mil veces y mil veces mis paisanos se hicieron de oídos sordos. Ahora no deja de persistir en mi cerebro aquella frase: "cada pueblo tiene el gobierno que se merece".Ha transcurrido año y medio desde que escribí mi último post en este blog. ¿Las razones? Entre muchas la decepción y el miedo, pues varias veces fui víctima de amenazas por parte de "sapos cooperantes" y los llamados "colectivos", que no son más que venezolanos de a pie vendidos a un régimen conformado por delincuentes altamente peligrosos.

¡Huyendo!

Salí de mi país como millones de mis compatriotas tuvieron que hacerlo: ¡huyendo! Se siente una tristeza infinita al consensuar que salir es la única alternativa para sobrevivir y ayudar a sobrevivir a los que se quedan, sin embargo, a medida de que se va dejando atrás el territorio que nos vio nacer, se siente una especie de alivio en la nueva atmósfera que nos rodea, un descanso en el aura, un suspiro en el alma.

Fotografía original de Isabel  Bracho Cruz
Luego no se sale del rictus emocional en mucho, mucho tiempo. En algunas ocasiones no se sale nunca.

Doy una mirada a quien era yo hace apenas año y medio y a quién soy hoy en día: para nada soy la misma persona. Gracias a Dios que ha sido para bien.Me siento más tranquila de espíritu, mucho más segura y con la plena certeza de que mi decisión de salir de Venezuela fue la correcta, pues si me quedaba tenía que seguir viviendo con esa incertidumbre que se vive en un país colmado de zozobras. Y es que los males no sólo son muchos, sino que aumentan a medida de que transcurren los días. 

Fotografía original de Isabel  Bracho Cruz
Son noticias que me llegan de allá, por medio de mis amigos o mensajes en las redes sociales. Se trata de una tristeza que hasta bien disimulada se percibe en cada corazón de mis compatriotas: escasez de agua, electricidad, comida, medicamentos, repuestos para autos (incluyendo llantas y baterías), instrumental médico básico. Pero además los medios de comunicación cada día son menos y los que quedan, funcionan precariamente o están controlados por la dictadura criminal. La inseguridad jurídica y social es atroz. Los medios de transporte público son cada vez más escasos y la gente se traslada en camiones con barandas. Los malandros asidos al poder en Venezuela tomaron lo peor de Cuba y lo aplicaron concienzuda y sistemáticamente a mi país, pero le agregaron aún más: delincuencia de la más alta peligrosidad que amparados por el "equipo de gobierno", cometen crímenes impunemente, que van desde contrabando, robo y secuestro, hasta violaciones, asesinatos, tráfico de drogas y lavado de dinero.

Sin embargo el pueblo sigue igual: esperando a que suceda un milagro. 

Mi pueblo aún no ha comprendido que si no despierta del letargo, el país entero puede morir bajo el yugo de la dictadura más terrible de la historia de América Latina. Mi pueblo aún no despierta porque ahora (para colmo) al menos la mitad del país recibe dinero desde afuera. Entonces se sobrelleva la carga con menos pesadumbre, pues una vez al mes (por lo menos) llega el dinero para pagarle al bachaquero los precios exorbitantes que cobra por un kilo de arroz, una crema dental o un antibiótico.

Ahora hay una tristeza más que enfrentar: no se sabe si fue peor el remedio que la enfermedad.

Aún así, desde afuera, pero con la mitad de mi corazón junto a la mitad del corazón que aún late en las profundidades de mi tierra, continuo con la esperanza a flor de piel: ¿Y si despertamos? Acá vuelvo a dejarles el mensaje... "¡En la Unión está la Fuerza!" 


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